Pero cuántas veces sufrirá el delicado placer ausente de los aromas, de los deseos.
Incrédulo a lo que sus ojos le muestran del mundo, cerró los ojos para ver el brillo que algún día solió susurrar al oído, de cara al sol y el cielo opacado por el brillo que emanaba su esencia.
De todas las veces que alteró las ideas, la última fue la más dolorosa.
Las canciones no ayudan, las palabras no existen, los silencios aturden, agobian, encierran, destruyen.
A la lejanía se disuelven melodías escalofríantes, que nunca cesan de disolverse y jamás desaparecen.
domingo, 4 de noviembre de 2007
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